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SAM SPADE O LA NOVELA NEGRA DEL VERSO [Sobre Novela Negra de Juan Podestá Barnao]

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SAM SPADE O LA NOVELA NEGRA DEL VERSO

[Sobre Novela Negra de Juan Podestá Barnao (Cinosargo 2010)]

Por Antonio Arroyo Silva

Aunque no se sabía

quiénes eran -yo y ello-

anfitrión e invitados

de aquel acto primero.

Ni, tampoco, el traidor.

Ni, siquiera, el primero.

Yo, el impar

y agorero

comensal, los miraba,

fijamente, en silencio.

Emeterio Gutiérrez Albelo, Enigma del invitado.


Cuando leemos el título de esta obra, Novela Negra, se produce un choque en los esquemas que tenemos preestablecidos como lectores de poesía. Un asombro atrayente. No en cuanto a la forma que, en principio, apreciamos en la versificación, sino en cuanto a la manera digamos diferente de afrontar el aludido material poético. Si el poeta francés Francis Ponge decía que en el resultado final del texto poético el lector debe encontrarse con todo el proceso de la creación para que pueda abordar el texto desde su propio individualismo, de manera que el yo lírico quede disuelto en un bosque de posibilidades, aquí el autor va más allá no sólo del vacío de la forma sino del vacío clasificatorio de los géneros. Ya no se trata de encerrar un conjunto de citas con ánimo culturalista o barroco, sino al contrario, crear una referencia no-lírica como revulsivo a la lírica al uso. Leer un texto como si fuera una novela negra, donde cada verso es un paso hacia la resolución final del asunto, parece sugerente. Pareciera también que el autor nos imbuye en una ficción, en una epicidad de lo cotidiano para escapar de la realidad, pero tampoco. No hay escape posible. Como en la novela negra, el autor-poeta-antipoeta “inventa” una realidad que bastante se asemeja a su entorno y estado anímico al paso que denuncia un sistema sociopolítico, y, en este caso, también textual, en cuanto a uso y en cuanto a expresión coloquial circundante en su crudeza y desasosiego. Un laberinto acaso sin salida y sin saber dónde está situado el minotauro.

La novela negra debe su nombre a que originalmente fue publicada en las revistas Black Mask de Estados Unidos y Série Noire de Francia, y a que los ambientes donde se sitúa la trama eran “oscuros” (un nombre de otro nombre: un texto de otro texto). La resolución del misterio no es el objetivo principal sino la observación del hecho de que en ese clima de crimen y violencia las divisiones entre el bien y el mal están bastante difuminadas. La mayor parte de sus personajes son individuos derrotados o en decadencia que buscan un atisbo de la verdad que no encuentran. La rabia, las ansias de poder, la envidia que causan un deterioro ético de la sociedad en donde se ven involucrados tanto el criminal como el investigador.

Si me he detenido a definir este tipo de novela es precisamente porque se aprecia que el autor del poemario Novela Negra, Juan Podestá B., domina a la perfección los registros de esta narrativa y su expansión en el cine. Y, sobre todo, para analizar el paralelismo que se manifiesta en su manera de poetizar y despoetizar la realidad. Sobre la página en blanco,

Se perpetra el asesinato de la palabra

Escenario del crimen

Lugar de los hechos

Área cercada por huinchas amarillas

Punto final: tiro de gracia en la

pantalla

El que sabemos guarda sus utensilios

No limpia huellas, no deja rápido el

lugar

No le interesa escapar

No tiene de qué escapar.

El poeta: el anonimato y el éxito literario. Sencillamente, la expresión teñida de móviles. Llenar la realidad de realidad escrita. La hoja en blanco: la posibilidad del paraíso o el infierno. El antipoeta de improviso, la rojez de su herida. El verso y la tinta sobre la nada. El cansancio flotando en su sangre digital. La materia del verso y el objeto de la materia. El texto vivido, hervido y servido. Pero alguien le ha hecho morder el polvo.

Alguien lo asesinó. Imposible resolver el caso desde la indagación lírica. Convertir los materiales de la poesía en personajes de novela negra. Transformar la esencia en presencia. Indagar en el crimen y en el proceso de la creación buscando las huellas. El qué cómo cuándo por qué. El quién. Y, sobre todo, la madre del cordero: la palabra, su víctima.

Todo y todos han conspirado a tal fin. No sabemos si el criminal es la misma persona que el investigador o si, acaso, fue la misma escritura la inductora del crimen. Tampoco sabemos el arma causante: Tres libros/ Un teclado con letras borrosas/Un disco de tangos dos caracolas/ Una foto que ya no dice nada/ Un disco duro que se pone lento. ¿La tradición o la modernidad? ¿El discípulo o el maestro? Misterio y cosecha roja del verso. Por ahí anda un Sam Spade levantando el cadáver de la palabra. Difícil resolución cuando la misma literatura ha sembrado su propio victimario sobre la tinta del verso. Ya no importa si la víctima fueron unas letras Georgia cuerpo 12 o una chica que decidió dejar al novio. Ya no importa el cansancio ni el agotamiento de la escritura o los valores que en ella subyacen. El asesino no quiere escapar porque no tiene de qué escapar y esto lo sabemos muy bien los lectores que respiramos la trama.

El escritor, el poeta, al final es el sospechoso principal. El que cae en su propia trampa de éxito o fracaso. Alguien lo vio, como en el cine, por su ventana indiscreta. Quizás la misma Poesía, la que siempre subsiste.

Poesía llena, más que de referencias, con referentes (action painting poético) de la novela negra, donde se respira casi la misma atmósfera que en dicho género y donde el poeta es un juguete rabioso de la realidad circundante plasmada en lo textual. Expresión también caracterizada por el lenguaje cinematográfico y esos libretos llenos de acotaciones. Acaso la poética de Juan Podestá B. sea una revisión indispensable de unas vanguardias viciadas por la repetición y los lugares comunes que, a fin de cuentas, parecen ser el verdadero asesino de la palabra. Revisión y paralelismo con los primeros poetas surrealistas que vieron en el cinematógrafo una nueva forma de poetizar, con un nuevo ritmo, e importando un tono necesario al poema. Emeterio Gutiérrez Albelo, poeta canario, surrealista puro y después adaptado al rigor de la dictadura franquista, en su obra Enigma del invitado de 1936, acaso se sintió o presintió Sam Spade bullir en el fotograma de su verso.



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About Daniel Rojas Pachas

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